La política española huele a café frío
El tablero huele a quemado: pactos que apestan a café frío y acuerdos que saben a nada.
Sois capaces de sacar un café de la cafetera a las once de la mañana, recalentarlo tres veces y servíroslo como si no hubiera pasado nada. Eso es, exactamente, lo que llevamos haciendo en política desde hace años. Pactos que se firman con pompa, se deshilachan con el primer sol de mayo y acaban en la papelera como ese poso que nadie se molesta en limpiar. ¿Os acordáis de aquel café compartido entre PSOE y Sumar? Pues eso. O peor: el de PP y Vox, que se sirve en tazas con grietas y acaba manchando todo el mantel.
El problema no es que no haya acuerdos —los hay, y demasiados—, sino que todos saben a café recalentado. Desde el famoso "pacto de las flores" de Zapatero hasta los rodeos de Sánchez con Bildu, pasando por el "abrazos no, gracias" de Feijóo, lo único que se logra es que la ciudadanía mire para otro lado. ¿Para qué votar si da igual lo que elijas? Si al final siempre te sirven lo mismo: migajas con sabor a compromiso roto.
Y aquí viene lo gordo. No es solo que los pactos huelan mal, es que el sistema los premia. ¿Quién castiga a un partido por incumplir su palabra? Nadie. ¿Quién exige responsabilidades cuando un acuerdo se va al garete? La misma gente que luego se queja en los bares. El café recalentado es un negocio rentable: cuesta poco, se sirve rápido y nadie exige factura. ¿O acaso habéis visto a algún político pedir disculpas mientras devuelve el importe de un café mediocre?
Pero, ojo, que esto no es solo culpa de los de arriba. Vosotros, los que votáis, sois cómplices. Porque seguís tragando, aunque el café esté frío y amargo. Porque cambiáis de partido como quien cambia de canal cuando no le gusta el programa, pero luego os sorprendéis de que la pantalla muestre siempre lo mismo. ¿De verdad creéis que un nuevo café —con otro nombre, otra marca— va a saber distinto?
La solución, por fea que sea, está en vuestras manos. No hablo de votar a ciegas ni de cambiar de preferencia cada cuatro años como quien prueba un nuevo sabor de helado. Hablo de exigir coherencia. De dejar de premiar a los que prometen y no cumplen. De dejar de reírle las gracias a los que cambian de chaqueta como quien cambia de calcetines. El café frío no se mejora con más azúcar: se tira y se hace uno nuevo.
Y sí, sé lo que estáis pensando: "Pero si lo tiro, me quedo sin café". Pues igual. A lo mejor el problema no es el café. A lo mejor el problema es que llevamos demasiado tiempo bebiendo mal.
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