Esa vecina que no para de hablar de sí misma
La persona que habla sin parar de sí misma no es solo una molestia: es un fenómeno social que la cultura del influencer ha disparado. Y todos conocemos a una.
Llevo una semana evitando a la señora de la quinta. No por antipatía, sino por supervivencia. Cada vez que entro en el ascensor, me suelta una retahíla sobre su nieta que ha aprobado Selectividad, sobre el último medicamento que le recetaron o sobre cómo su hija evitó un divorcio gracias al «tercer grado» de su yerno. El problema no es el tema —vaya, todos tenemos batallas—, sino el ritmo. Habla como si el mundo girara para que yo supiera que su menopausia es «de libro».
Lo curioso es que no es la única. En cualquier portal, comunidad o hasta en el grupo de WhatsApp de los padres del cole, hay un 20% de gente que convierte lo cotidiano en obras maestras. Y no me refiero a esos que exageran un resfriado para que parezca una neumonía. Hablo de los que filtran su vida al detalle, pero solo si les interesa a ellos. Si la conversación se tuerce hacia el fútbol o el último reality, se hacen los sordos. «Ah, no, eso no va conmigo», susurran, como si su existencia fuera un culebrón de sobremesa.
¿Por qué nos pasa? La teoría del «valor social» de los psicólogos lo explica: algunos miden su autoestima en likes, aunque sean imaginarios. Pero en el ascensor, el Facebook o la cafetería del barrio, el algoritmo no existe. Así que recurren al por si acaso: si alguien les hace caso, mejor. Si no, pues también. Al fin y al cabo, en su cabeza, ya han ganado el premio: ser el centro de atención, aunque sea por cinco minutos.
La solución, sin embargo, tiene truco. Si les das cancha, harán un monólogo de media hora sobre su operación de hernia. Pero si les cortas con un «qué interesante» seco y miras el móvil, se callan. O al menos, bajan el tono. El secreto está en no alimentar su ego, pero sin ser grosero. Un «ah, qué bien» dicho con media sonrisa y los ojos en la pantalla del ascensor funciona mejor que cualquier discusión.
Eso sí, ojo con el contraataque. Si una de estas personas detecta tu desinterés, lo más probable es que te catalogue de «friki» o «huraño» en la next cena de vecinos. Pero, oye, ¿no preferimos mil veces un vecino huraño a uno que nos cuenta cómo le bajó la bilirrubina tres décimas en una semana?
Al final, el truco no es evitarles —que a veces ni es posible—, sino entender que su obsesión por hablar de sí mismos es, en el fondo, un grito de soledad disfrazado de protagonismo. Y aunque resulte agotador, al menos tenemos claro quién lleva las riendas de su vida: ellos mismos. Por eso, la próxima vez que os crucéis con la señora del ascensor, probad a escuchar cinco minutos. Si aguantáis, os garantizo que tendréis material para tres cenas familiares.
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