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El VAR no es un árbitro más: así está matando la magia del fútbol

El VAR ha convertido los noventa minutos en una partida de revisión constante, erosionando la espontaneidad y la magia del fútbol.

Por Redacción TrivialChat · · 2 min de lectura

El VAR ha convertido los noventa minutos en una partida de revisión constante, erosionando la espontaneidad y la magia d

Hace tres semanas, en Mendizorrotza, un gol del Barça se anuló por un fuera de juego milimétrico que ni el ojo más entrenado habría detectado en tiempo real. La repetición en la pantalla gigante se robó el protagonismo, mientras los jugadores seguían corriendo. En las gradas y en los hogares de trivialchat conteníamos el aliento, suspirábamos o maldecíamos según el color de la camiseta.

El videoarbitraje se presentó como la solución a las injusticias, pero ha transformado los noventa minutos en tres fases distintas: el juego propiamente dicho, las interrupciones técnicas para consultar pantallas y la versión que finalmente vemos en diferido. La experiencia del espectador ha pasado de lo visceral a lo administrativo, de la euforia instantánea a la espera angustiosa. Cuando el árbitro se dirige al monitor, el gol se queda en suspenso; cruzamos los dedos y rezamos porque el minuto 87 no se convierta en una eternidad de tensión. En lugar de resolver errores, el VAR parece cronometarlos. Incluso los comentaristas se ven obligados a pausar su análisis mientras la tecnología decide el destino del balón.

Y en ocasiones ni siquiera corrige lo que pretendía. El gol de Arteta a Osasuna en 2021, anulado pese a estar alineado con el último defensor, y el penalti no pitado en el derbi madrileño del año pasado, cuando Benzema chocó con Courtois y la pelota entró, son ejemplos claros.

Los puristas defienden la imperfección del fútbol, pero el VAR ha sembrado más dudas que certezas. Cuántas veces hemos visto a un jugador señalar una falta, solo para que el árbitro levante la mano y, tras la revisión, anule la decisión por un detalle técnico que no altera la esencia del lance. El sistema no entiende de juego; entiende de líneas, centímetros y ángulos de cámara. Esa precisión mecánica ha convertido al deporte en una suerte de tiro con arco o ajedrez, donde la espontaneidad se sacrifica en aras de la exactitud. El ritmo del partido se diluye, la tensión se prolonga más allá del silbato, dejando al público con sensación de incompletitud.

Los jugadores ya no celebran con libertad, temiendo que un gesto del árbitro anule el momento. ¿Dónde quedó la espontaneidad, el grito que acompañaba cada gol?

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